
En la fila de al lado, entre los que esperaban para documentar su vuelo hacia No-se-que-destino había una mujer normal. toda ella media: de estatura, de complexión, de edad...
Y a su lado, un pequeño. Piernas delgaditas, shorts, sandalias, cachucha, quizá seis años. Pero el rostro... a la distancia solo era claro que algo andaba muy mal. Lentes sobre unos ojos asimétricos y la carne del rostro que había crecido en todas direcciones sin control, haciendo una voluminosa masa que impedía distinguir dónde empezaba el cuello o terminaba la cara.
Uno solo atisba, como ver un atardecer inaprensible o la muerte ajena. Y no obstante ahí están, viviendo su propio mundo. ¿a dónde, por qué, qué esperan?...
Si el dolor fuera transferible, quizá el mundo estaría más pasmado por el espanto de lo que lo está.
...
O quizá sí que lo es. Tal vez es transferible el dolor pero también lo es el placer. Entonces a la humanidad la sostiene una gigantesca, delicada y fluctuante ecuación de secreciones de euforia y angustia.
Unos minutos después, daba a Ernesto un último abrazo antes de que se perdiera de mi vista tras la puerta de acceso a las salas de espera. Ayer cumplió sus dieciocho años. No esperó mucho para emprender el vuelo solo e ir en pos de sus propias preguntas, de sus propias respuestas.
Tengo un hijo entrando a la licenciatura, mayor de edad, en muchos sentidos mejor que yo a su edad. Intento entender qué significa eso exactamente.